Conrado Blanco, Corazón de León

Por Feliciano Correa, Presidente de los Cronistas Oficiales de Extremadura

Estábamos en el Hotel Velada, en Ávila, en ese congreso estupendo que nos preparó el cronista Tadeo hace años. En el patio iluminado y calentito del hotel tuve con el bueno de Conrado Blanco una larga tertulia. El sonar de sus palabras era tan de fiar como sus mismos argumentos; envoltura y sustancia se acoplaban virginalmente en aquel relato amable, tierno y sosegado con el amigo. Rebosaban sus vocablos exquisitez y devoción indudable, denotando en el decir su incansable brega por las letras. Su mujer estaba cerca y, de cuando en cuado, él pasaba la mano por la rodilla de ella, como queriéndole decir ¡Aquí estoy! mandando mensajes invisibles que solo ellos sabían interpretar. Quería tener alertada esa comunicación sensorial, con la mujer a la que dedicó fidelidad y literatura. Luego... vino todo lo demás con la ausencia, pero él, ante la orfandad de alma sin su otra mitad, siguió creyendo en ella, siendo fiel como antes, y ensalzando hasta arriba, en páginas de amor y pureza, el juramento eterno de darse sin medida. Hay una donación sin orillas que llamamos entrega, y así Conrado continuó en milicia constante, haciendo de las páginas blancas aeropuerto donde arrellanar sus sentires. Ahí, en la revistas desplegaba el oxígeno del amor que con largueza ejercitó y recibió, por eso, por muy larga vida que haya tenido, siempre le han sobrado causales espirituales para explayarse en la devoción amorosa.
La otra querencia que le llenaba era La Bañeza, en la que empleó la otra parte de la yunta de su carro de dedicaciones. De tal manera que supe, por su voz y por sus letras, el largo recorrido de indagaciones, el rebusco del ayer para hacerlo novedad en el hoy con la historia resucitada. Fue, por querer saber del pasado, un excelente intérprete del presente.
Ahora que sé por Apuleyo Soto que ya no está entre nosotros, presumo que su ausencia se notará poco, porque el rédito de sus letras y de su larga estela de incansable averiguador seguirá hablando en su nombre.
En este mundo de la crónica, a veces malbaratamos el oficio con esas ―crónicas de medio pelo‖ con las que algunos quieren estar en todos los caldos para escuchar el sonsonete de sus propios apellidos, sin saberlo caen en la imposibilidad metafísica, de pretender lucir, junto al absoluto vacío de rigor y de ciencia, la excelencia que no tienen. Por contraposición a ellos se piensa más en ejemplos como el del cronista de la Bañeza que jamás daba, en lo que escribía, puntada sin hijo. Para los superficiales del ejercicio de hacer crónicas, la virtud del sabio que dice nada saber, pasó de largo y les es desconocida. En las antípodas yace para ejemplo el clasicismo escueto y discreto de Conrado. Su quehacer, sin algaradas ni adornos baratos que a otros tanto les encanta, y que es género mortecino al día siguiente de nacer, me harán recordarlo siempre, sentado como un patricio, en aquella tarde de lluvia fría, resguardados, en el Palacio de Velada, en esa tierra de santos y de sabios, de héroes y de místicos excelsos, que desde el silencio hicieron grande a Dios y a la infinita Corona de Castilla.
Descanse en paz el ilustre cronista y amigo, que siempre me distinguió con el envío puntual de todos sus papeles y que ahora, cuando pasee entre los disciplinados anaqueles de mi casa, recitaré su nombre.